Artículo patrocinado por:

«De la cepa a tu copa«
664-250-921 -o-
Ya disponibles en YouTube y Mis canciones: «La princesita de Velarde» con Escudero Sax, y «El camino de la selva«
-o-
danielcaballerorubio@gmail.com
Se acerca la primavera y los terracampinos aficionados a la horticultura empiezan a preparar el terreno para el comienzo de una nueva temporada. En esta que podría ser una de mis últimas publicaciones en el blog, no podía faltar mi pequeño homenaje a la que fuera profesión seña de identidad de Mayorga hasta la llegada de la democracia. Más de 200 familias se estima que llegaron a vivir de ello en sus mejores años, abasteciendo de verdura y fruta a todos los pueblos comprendidos en 30 kilómetros a la redonda.
Puede ser difícil de creer, cómo están las cosas, que una familia entera pudiera vivir de un trozo de tierra, la mayoría arrendadas, cuando hoy en muchas casas no alcanza ni con dos sueldos. Pero tiene trampa. La austeridad estaba presente en todas las puertas. «No había tanto vicio cómo ahora – recuerda Benedicto – aunque también es cierto que no podíamos permitírnoslo.»

La temporada de horticultor se extendía a lo largo de todo el año. En San Martín, 11 de noviembre, se plantaban los ajos, y poco después las cebollas y lechugas «oreja de burro», variedad autóctona de Mayorga. Ya entrados en febrero se cultivaban las patatas, y en marzo la lechuga «blanquilla». En mayo, comienzo de la temporada alta, se sembraban pimientos, pepinos, tomates, guisantes, alubias, remolacha…
Con la cercanía del otoño, se plantaban las últimas hortalizas, pensadas para pasar el invierno. Zanahoria morada, escarolas, puerros y berzas eran los productos estrella de ese momento de la temporada. «A la berza le llamaban quitaelhambre – recuerda Mª Carmen – porque era la verdura que nos ayudaba a soportar los entonces friísimos meses de invierno».
«EL 1 DE JULIO ERA LA «FERIA DE LOS CARROS» EN LA PLAZA DE EL ROLLO. A PARTIR DE ESE DÍA SE BAJABA A VIVIR A LA HUERTA»
El 1 de Julio era uno de los días más importantes del año, pues tenía lugar en la plaza de El Rollo la «Feria de los Carros». Un mercado que llegaba hasta El Arco, y que abastecía a los hortelanos, labradores y ganaderos de los utensilios y herramientas necesarias para ejercer su labor. Era un día clave, pues marcaba la fecha en la que los hortelanos cargaban sus cosas y se iban a vivir a la huerta, de la que ya no se marcharían hasta septiembre.
Una vez establecidos en ellas, la organización era la siguiente. Dentro de la caseta había un pequeño muro que dividía el espacio para la burra y el macho del resto de la estancia. Al otro lado, un par de camastros, uno para los padres y otro para los hijos, hacían de lecho. «Aunque muchos días, si hacía bueno, dormíamos afuera», recuerda Modesto. En una esquina se encontraba la hornilla con la que se cocinaban los alimentos. «Alrededor de la caseta, con cuatro palos, se construía una pequeña pocilga para el cerdo y un corral para las gallinas», añade Mª Carmen.
«EL HORTELANO TENÍA FAMA DE BEBEDOR. ALGUNOS CARROS VOLVÍAN SÓLOS A LA HUERTA»
Cómo el negocio de hortelano, poco o mucho, reportaba dinero durante todo el año, pronto cogieron fama de bebedores, aunque matiza Benedicto: «Unos crían la fama y otros cargan la lana». El cabeza de familia (normalmente el padre), era el encargado de ir con el carro cargado a vender por los pueblos. Partía pasada la media noche, con un farolillo para advertir a la benemérita, y llegaba a su destino a primera hora de la mañana. Cuando terminaba con el género, en ocasiones se quedaba tomando vinos en las cantinas. «Hubo carros que volvieron solos a casa – recuerda Amalio – pues los animales conocían el camino y se cansaban de esperar a su dueño».

La mujer y los niños, en los meses buenos, permanecían en la huerta y realizaban tareas típicas de la época. La mujer, en concreto, era todo un todo-terreno. Preparaba la comida, limpiaba la casa, lavaba la ropa, atendía a los niños y daba de comer a los animales, entre otras muchas cosas. Los animales eran tratados con mimo pues era una necesidad tenerles bien alimentados. «Se daba de comer antes a la burra que a ningún otro miembro de la familia, exceptuando al padre», comenta Mª Carmen. Aunque en eso, matiza Benedicto, cada casa era diferente.
«LOS NIÑOS EMPEZABAN A TRABAJAR DESDE MUY TEMPRANO, ARREANDO A LA MULA O ESPARCIENDO SEMILLAS»
Esos meses «buenos» en los que se vivía en la huerta, eran de un gran disfrute para los niños, que a menudo «íbamos de aquí para allá descalzos y desnudos, y nos bañábamos en los charcos (pequeñas lagunas que se generaban en las huertas al sacar el agua del pozo)», rememora Modesto. Aunque no todo era de color de rosa. «Empezábamos a trabajar antes de que nos salieran los dientes, arreando a la burra para que hiciera girar la noria, guiándola para hacer los surcos, o esparciendo simiente», recuerda. Entrado el invierno tenían que bajar la comida a su padre y, si eran necesarios, ya no volvían al pueblo y se quedaban sin ir a la escuela.
Además de la huerta, era común disponer de una pequeña viña para abastecerse de vino durante todo el año, un terreno de alfalfa para alimentar a los animales y otro, si se podía, para plantar garbanzos y lentejas. Era una vida bonita pero sí, muy dura. A lo largo de las casi dos horas de conversación nunca se rieron tanto cómo cuando se mencionó la palabra «vacaciones». «Vacaciones era cuando te despedían – recuerda Amalio – pero ni finiquito, ni paro, ni nada». La oferta de trabajadores era tan grande, además, que los señoritos se podían permitir el lujo de seleccionarlos a su antojo, cuando en temporada baja de las huertas, buscaban otras formas de conseguir dinero.
Muchos oficios dependían en mayor o menor medida de los hortelanos, al igual que la Fasa en Valladolid. Uno de ellos era el carnicero, Bonifacio Redondo, que todas las semanas bajaba con la bicicleta y un carro lleno de carne de oveja y pasaba, una por una, por todas las casetas. También Lorenzo Burón, el herrero, primer locutor de fútbol de la localidad gracias a un embudo de su propia fabricación, que hacía de megáfono. O el carretero Elías Medina, constructor del vehículo imprescindible para los hortelanos. Al sastre, que venía de otros pueblos cómo Gordoncillo, también se le daba trabajo, pues siempre se estrenaba traje por Santo Toribio.
«EL TRABAJO DE HORTELANO DESAPARECIÓ A CAUSA DE LA EMIGRACIÓN Y POR LA LLEGADA DEL AUTOMOVIL»
Hacia mediados de los años 60s se empezó a notar un descenso en la población, fruto de las migraciones masivas hacia zonas con mejores condiciones económicas. La crisis demográfica se acentuó con la llegada de la democracia en 1975, pero no fue eso lo que acabó con el oficio. «Las ruedas de caucho fueron un avance en la horticultura – recuerda Amalio – pero no podían competir con las furgonetas y camiones que venían desde muy lejos a vender a la zona». «Los que se aventuraron a comprar una furgoneta se arruinaron – continúa Benedicto – porque de lo que daba la huerta no se podía pagar una furgoneta».
Pese a todo, Benedicto supo adaptarse, hasta el punto de llegar a ser, junto a sus hermanos Toribio y Lorenzo, los últimos hortelanos capaces de sobrevivir a la evolución del paso del tiempo. Se especializaron en patatas, llegando a cultivar más de 15 hectáreas, y compraron máquinas para facilitar el trabajo. Con el cambio de normativa, que prohibió los productos fumigadores con los que controlaban las plagas, no tuvieron más remedio que cambiar a las lechugas, al igual que otros muchos horticultores de otras zonas. Gracias a ellas aún tuvieron épocas buenas, vendiendo en el Mercado Central de Valladolid y para El Corte Inglés. Poco después de construirse Mercaolid y con un puesto comprado, Benedicto, el pequeño de los hermanos, decidió dejarlo todo ya cerca de la jubilación, «porque era una vida muy dura y estaba cansado», recuerda… el último hortelano de Mayorga (por tradición familiar).
-o-

DONATIVO
Muchas gracias por leer hasta el final. Si has llegado hasta aquí tal vez quieras apoyar mi blog.
1,00 €



Deja un comentario