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Es una tarde aun calurosa de las primeras semanas de otoño. Dos jóvenes sin apenas pelos en la barba, entran en un bar. En la entrada reza: “La Taberna de Jou”.  El dueño, que parece reconocerles, interactúa con ellos mientras les sirve un vaso bien caliente de leche chocolatada. Uno de los jóvenes apoya en la barra una caña de pescar. Unida en algunos tramos con cinta americana, no parece una herramienta muy eficaz a simple vista. En la mochila del otro compañero están los vinilos y las cucharillas, así como dos bocadillos de chope por si aprieta el hambre con el paso de las horas.

  • ¡Pues sí! – dice Alejandro, el mayor de los dos jóvenes – ¡aquí estamos, porque hemos llegado!
  • ¡Yo aun diría más! – continúa Gustavo – ¡vamos a pescar, y a la vuelta esta mochila estará llena de lucios!
  • Ja… ja… ja… ¡Naranjas de la China!

Una risa tenebrosa surge de uno de los rincones de la cantina. Es Alcachofo, uno de los pescadores más reputados de la comarca…

  • No pescareis nada ¡Nada! A no ser que vayáis a mi sitio… “El sitio de Alcachofo”
  • ¡Tonterías! – responde Alejandro – con mi caña ultra sensitiva encontraremos lucios hasta debajo de las piedras…
  • ¡Cuidado, jóvenes…!

Otra voz, aun más tenebrosa surge de nuevo desde otro de los rincones de “La Taberna de Jou”. Es Emiliano, uno de los ancianos más sabios de toda la ribera del río Cea.

  • En las profundidades de ese río habita el Lucio Luciano, denominado así por su sigilosa y maliciosa forma de moverse y atrapar a sus presas. Nunca nadie ha osado pescarle. Cuentan que mide más que una abuela de largo y pesa más que una pata de jamón.
  • ¡Nosotros…! – Gustavo acaba de un trago su leche chocolatada y, de un golpe en la mesa, continúa – ¡Nosotros pescaremos ese lucio!
  • Ja… ja… ja… ¡Naranjas de la China! – responde Alcachofo – ¡Naranjas de la China!

Convencidos del éxito de su empresa, Alejandro y Gustavo salen de la cantina y descienden la cuesta hasta el río. Las primeras horas pasan lentas. Son muchas tiradas, muchos kilómetros caminados, el sol calienta la cara, y aun no ha picado ni un alburno. Pero la ilusión y las expectativas siguen siendo altas. Además, poco a poco se acercan, sin darse apenas cuenta, al sitio… al “Sitio de Alcachofo”. En sus mentes empieza a sonar, cada vez con más intensidad, esa frase pegadiza. ¡Naranjas de la China! Ja… ja… ja… ¡Naranjas de la China!

Apartando unas ramas, pues la apertura debió realizarse recientemente,  se posicionan en la orilla. Gustavo ha visto una sombra debajo de un árbol caído en el interior del río.  Una sombra de algo enorme. Inmediatamente se lo cuenta a Alejandro que dirige las tiradas en esa dirección. Los sonidos del corazón laten fuerte, al ritmo de lo que hoy comúnmente se denomina, reggaetón.

Solo tres tiradas son necesarias. El anzuelo ha clavado en algo. En un primer instante, Alejandro se piensa que ha sido en el fondo, dada la imposibilidad de recoger sedal por más que tira de la caña. Pero entonces ve la sombra. Un pez enorme, del tamaño de una abuela, ha picado el anzuelo. Es Lucio Luciano, el animal más respetado de estas aguas.

Con gran esfuerzo, consigue acercarlo a la orilla. La impresión es enorme, una cabeza del tamaño de un dinosaurio. Al verles, el pez de un coletazo se da la vuelta y arranca hacia el lado opuesto del río. Con tanta fuerza y a tal velocidad que el carrete rechina, con el freno puesto, como un cerdo el día de San Martín.

Un nuevo intento trae otra vez el pez a la orilla, y de nuevo vuelve a escapar. Está vez remontando el río, arrastrando consigo casi 50 metros de sedal. Pero el pez se está cansando y por tercera vez, Alejandro es capaz de acercarlo a sus pies. Rápidamente, le indica a Gustavo que coja la ganzúa y le agarre por las agallas. El joven Gustavo hace lo que puede, pero entre el temor y el desacierto, el pez se revuelve, rompe el sedal y se va.

El disgusto es tan grande que de regreso a casa han dejado los bocadillos de chope intactos. Con los pelos como garfios, aun no pueden dar crédito a lo que les ha pasado aquella tarde. Durante muchos días vuelven al mismo sitio, pero nada. El Lucio Luciano solo da una oportunidad, y la mayoría de las veces, ninguna.

Un año después Alejandro pescaría sólo, un lucio algo más pequeño, de unos 8 kilos y 1,15 metros de longitud con el que se llevaría el tercer premio de Castilla y León. Con el recuerdo de Lucio Luciano aun presente, él mismo agarró la ganzúa para pescarlo. Y poco después pilló otro aún más grande, ya fuera de concurso.

Pero Lucio Luciano sigue ahí, bajo esas aguas, agrandando su leyenda, arrasando con todas las truchas que se cruzan en su camino, para prejuicio de los pescadores. Esa misma leyenda cuenta, que si paseas por el río cerca de ese lugar, “El Sitio de Alcachofo”, prestando mucha atención aun hoy se puede oir… ¡Naranjas de la China! Siiiiiii ¡Naranjas de la China! Una leyenda digna de un verdadero monstruo, “El Monstruo del Rio Cea”.

Alejandro, junto a su padre, agarrando el lucio con el que quedo tercero de Castilla y Leon

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Una respuesta a “LA LEYENDA DEL MONSTRUO DEL RIO CEA”

  1. […] En el año 1903, se proyecta el suministro de energía por sistema hidroeléctrico desde el Molino de abajo. Aunque originariamente abastecía Mayorga, con el tiempo acabaría suministrando energía también a los pueblos vecinos de Castrobol, La Unión y Urones. Su función de fabricación de harina y pienso seguiría vigente, siendo la zona de limpia la prolongación de adobe derribada en los años 80. En la imagen, los niños, inocentes, no conocen que por esas fechas ya corría «La leyenda del monstruo del rio Cea«. […]

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